Estrés, ansiedad y burnout en el trabajo


Hiperrendimiento, sentimiento de insuficiencia y malestar psicológico contemporáneo

ansiedad

Este texto forma parte de una serie de reflexiones clínicas sobre el malestar contemporáneo y la práctica psicoterapéutica, desarrolladas desde mi trabajo como psicólogo

La cultura contemporánea del rendimiento y la productividad ha dejado de circunscribirse al ámbito laboral para colonizar prácticamente todas las dimensiones de la vida cotidiana. Ya no se trata solo de trabajar más o mejor, sino de convertir cada aspecto de la existencia en un espacio de optimización permanente: el cuerpo, las emociones, las relaciones, el ocio, incluso el descanso. En este contexto, el ideal de vida buena se confunde peligrosamente con el ideal de vida productiva. Consecuencia de ello hay un aumento de la ansiedad, sentimiento de insuficiencia y depresión.

Este imperativo de “dar siempre más”, de no detenerse, de aprovechar cada minuto, tiene efectos directos sobre la salud mental. No hablamos aquí de falta de motivación ni de problemas individuales de organización, sino de un modo de funcionamiento socialmente promovido que genera sufrimiento psíquico de forma sistemática.

La ansiedad como estado de fondo

La ansiedad se ha convertido en uno de los malestares más extendidos en este contexto de autoexigencia permanente. No se presenta únicamente como episodios puntuales de nerviosismo, sino como un estado de alerta constante, una sensación constante de estar llegando tarde, de no estar haciendo lo suficiente o de poder fallar en cualquier momento.

Las personas viven preocupadas por su rendimiento, por evaluaciones futuras, por tareas pendientes o por decisiones que “no pueden permitirse” tomar mal. Esta ansiedad se manifiesta tanto a nivel psicológico —rumiación, inquietud, dificultad para concentrarse— como a nivel corporal: tensión muscular persistente, alteraciones del sueño, problemas digestivos, fatiga crónica. El descanso deja de ser reparador porque la mente nunca termina de desconectar.

El sentimiento crónico de insuficiencia

Uno de los efectos más corrosivos de la productividad tóxica es el sentimiento de insuficiencia. La experiencia subjetiva de “no ser nunca suficiente” se instala incluso cuando los objetivos se cumplen. Siempre hay algo más que hacer, algo que mejorar, un nuevo estándar que alcanzar. El denominado síndrome del impostor es una de las formas en las que se presenta este sentido de insuficiencia.

Este sentimiento se ve intensificado por la exposición constante a modelos idealizados de éxito: redes sociales, discursos empresariales, gurús del desarrollo personal. Se presentan trayectorias vitales aparentemente lineales, exitosas y sin conflicto, lo que genera una brecha cada vez mayor entre lo que se muestra y lo que realmente se vive. En esa brecha se instala la autocrítica, la desvalorización personal y la culpa por no estar a la altura.

Sobrepensar: la mente que no descansa

La ansiedad y el sentimiento de insuficiencia suelen ir acompañados de patrones de pensamiento rumiativo. El sobrepensar se convierte en una estrategia fallida de control: revisar mentalmente conversaciones pasadas, anticipar escenarios futuros, analizar decisiones hasta el agotamiento, buscar la forma óptima de actuar para no equivocarse.

Lejos de mejorar el rendimiento, esta actividad mental incesante consume una enorme cantidad de energía psíquica y deteriora la capacidad de estar presente. El tiempo libre se llena de pensamientos productivos, el descanso se vive como pérdida de tiempo y el disfrute aparece teñido de culpa.

Incertidumbre y miedo a fallar

En un entorno donde el valor personal parece medirse en términos de rendimiento, el error deja de ser una posibilidad humana para convertirse en una amenaza identitaria. El miedo al fracaso no se limita a perder un trabajo o un proyecto, sino a “ser menos”, a quedar expuesto como incompetente o prescindible.

Este miedo impulsa conductas compensatorias como el perfeccionismo extremo, la sobrecarga de tareas, la dificultad para delegar o poner límites. Paradójicamente, estas estrategias aumentan el riesgo de agotamiento, reducen la creatividad y terminan deteriorando aquello que pretendían proteger: el rendimiento y la estabilidad emocional. Cuando el sistema colapsa, no es raro que aparezcan crisis de ansiedad, estados depresivos o bloqueos severos.

Productividad y subjetividad: algo más que un problema individual

Conviene subrayar que estos malestares no pueden entenderse únicamente como fallos personales de gestión emocional. La productividad tóxica es un fenómeno estructural, sostenido por discursos sociales, económicos y culturales que promueven la autoexplotación bajo la apariencia de libertad y elección personal.

Cuando el mandato es “si no llegas, es porque no te esfuerzas lo suficiente”, el sufrimiento se vive en soledad y con culpa. El contexto queda fuera de cuestión y el individuo asume toda la responsabilidad del malestar.

Abordaje terapéutico: más allá de adaptarse mejor

Ante este panorama, el trabajo terapéutico no debería limitarse a ayudar a la persona a rendir mejor dentro del mismo marco que la enferma. El objetivo no es optimizar la adaptación al malestar, sino interrogar los modos de funcionamiento que lo producen.

A nivel clínico, se trata de identificar patrones de autoexigencia, ideales imposibles, dinámicas vinculares y creencias que sostienen el sufrimiento: autoreproches constantes, exigencias desmedidas, confusión entre valor personal y rendimiento. El trabajo terapéutico permite abrir un espacio para repensar la relación con el tiempo, el deseo, los límites y las expectativas.

Más allá del “tú puedes”

Ciertos discursos de la psicología positiva y del coaching —“si tú quieres, puedes”, “todo depende de tu actitud”, “sé tu mejor versión”— lejos de aliviar el malestar, suelen intensificarlo. Al situar el cambio exclusivamente en la voluntad individual, incrementan la culpa y la autoexigencia, y dejan intactas las condiciones que generan sufrimiento.

Frente a estos enfoques simplistas, el trabajo terapéutico propone una mirada más compleja y menos culpabilizadora. No se trata de renunciar al desarrollo personal, sino de construir nuevos modos de relación con nuestras metas y objetivos, basados, no exigencias y mandatos imposibles sino en la construcción de aquello que es importante para cada uno. Formas que permitan crecer y sostener proyectos vitales sin sacrificar la salud mental en el intento.

Porque lo saludable no puede medirse en términos de rendimiento.

Si quieres conocer el enfoque desde el que trabajo en consulta:

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